Asociación de Directores de Arte Contemporáneo de España


Los templos del arte, en el laberinto

José María Parreño

 

La cultura es demasiado importante como para dejarla en manos de los políticos. Al menos de políticos como los que han cesado a la directora de un museo de arte contemporáneo, después de felicitarle por su trabajo (Teresa Luesma al frente del Centro de Arte y Naturaleza, en Huesca) y la han sustituido por un gestor de teatros (Antonio González, hasta ahora director del Centro Dramático de Aragón). El argumento de su Patronato ha sido: “buscamos otro modelo directivo”, pero no especifica cuál. Decíamos que la cultura es demasiado importante como para dejarla en manos de políticos como —otro ejemplo— los que eligieron al director de un centro mediante concurso público, le hicieron abandonar trabajo y país, y ya aquí postergaron su toma de posesión de manera que ha estado más de dos años “en funciones” (Moritz Küng nunca ha llegado a dirigir el Canòdrom, pero lógicamente ha estado cobrando su sueldo de la Generalitat de Cataluña). Estos dos sucesos, muy diferentes en cuanto a sus circunstancias, tienen sin embargo varios puntos en común: ponen en evidencia una extraordinaria falta de planificación, del mismo tamaño que la falta de respeto por los dos profesionales y su profesión.

 

El caso del Centro de Arte y Naturaleza es el último de una lista que empieza a ser abultada y que indica que algo va mal en el mundo de la cultura y en concreto en el ámbito de los museos (y lo que va mal es distinto a lo que va mal en todas partes). Por un lado, como en todas partes pero un poco más acentuada si cabe, la política de recortes ha significado que, en líneas generales, desde 2010 hasta ahora los presupuestos de los museos españoles se han reducido en un 50%. Pero si desglosamos esa generalización, lo que encontramos es que las reducciones de presupuesto porcentualmente más elevadas corresponden a los museos pequeños y no a los grandes. Esto significa que unos cuantos pequeños museos (los que partían de presupuestos de algo más de medio millón de euros) se acercan poco a poco al precipicio de su inviabilidad. Por otro lado, anotemos algunos movimientos que han agitado el mapa de los museos españoles: marcha del director del Centro de Arte Santa Mònica (Barcelona), marcha del director del Centro Cultural Montehermoso (Vitoria), marcha del director del Domus Artium (Salamanca), marcha del director del CCCB, marcha del director de la Virreina (Barcelona), marcha del director del Espacio Zer01 (Olot). Sólo algunos de estos directores fueron cesados, pero los que abandonaron voluntariamente lo hicieron por el cambio forzoso de orientación del centro que estaban dirigiendo. Podría parecer una especie de refundación del mapa museístico de nuestro país, pero en realidad es su desactivación. Por que con cada una de estas salidas intempestivas se extinguen proyectos, contactos y líneas de trabajo cuya reanudación es cuando menos incierta. En lo que se refiere al tejido cultural, la construcción es infinitamente más lenta que la destrucción. Y ya dejen detrás un sillón vacío o un sustituto nombrado a dedo, lo que ponen de manifiesto estas marchas es la subordinación de la cultura a la política.

 

La inauguración en 1989 del Instituto Valenciano de Arte Moderno iniciaba un proceso de descentralización de las instituciones culturales largamente esperado. Sin embargo, la tendencia de las comunidades autónomas a clonar los modelos en lugar de trabajar en red ha dado lugar a que los museos de arte contemporáneo (lo mismo que los museos de la ciencia) se multipliquen por el número de autonomías. En España existen, según datos del extinto Ministerio de Cultura, unos 1445 museos, colecciones y centros de arte. En el último año y medio se han inaugurado o vuelto a abrir tras remodelaciones más de treinta, algunos tan importantes como el Museo de El Greco (Toledo), el Centro de Artes Visuales Helga de Alvear (Cáceres), el Museo Carmen Thyssen (Málaga), el Museo de la Evolución (Burgos), el CentroCentro (Madrid), el Museo de Arte Contemporáneo (Alicante), o macroproyectos como el Centro Niemeyer (Avilés) y la Cidade da Cultura (Santiago de Compostela). Otros muchos permanecen cerrados o a la espera de definir su orientación, como el Museo de Arte Contemporáneo de Madrid. Aunque los más numerosos son los de Etnografía y Antropología, seguidos de los de Bellas Artes y Arqueología, el mayor número de visitantes corresponde a los de Ciencia y Tecnología, seguido de los de Arte Contemporáneo y Bellas Artes. El 60% están mantenidos con dinero público, la mayoría procedente de las corporaciones locales y las Comunidades Autónomas. En las actuales circunstancias, esa dependencia económica les convierte en tremendamente vulnerables. Hemos hablado antes de directores que se van y lo que eso acarrea, pero el auténtico desmantelamiento se está produciendo ya: se han rescindido muchos contratos (no vale la pena hacer una lista, están casi la totalidad de los museos), lo que se ha traducido en el cierre de bibliotecas, de servicios de publicaciones, de departamentos de educación… en definitiva, el museo se está vaciando de medios para hacer su labor. Al final quedará, sí, el edificio, pero entonces se hará evidente que lo que falta era lo único imprescindible.

 

Ante una transformación de la economía, pero también de la sociedad, de la envergadura de la que ahora asistimos, parece necesario revisar la idea de museo, sus problemas y sus propuestas. Como hemos apuntado más arriba, los museos españoles están aquejados de arquitecturitis, una enfermedad infantil de la cultura. Parece una broma pero no lo es. La sobredimensión del elemento arquitectónico en los proyectos museísticos lastra gravemente muchos de ellos. Por sobredimensión entendemos su excesiva importancia, hasta el punto —es un tópico decirlo— de que es el edificio lo primero que se planea, en muchos casos sin adecuarlo a las necesidades de la actividad que tendrá lugar en él. Habría que insistir en que un museo es una actividad, no un lugar; que un proyecto cultural existe aunque no exista todavía el edificio, que puede incluso existir sin edificio —salvo si cuenta con una colección permanente—. Y más a estas alturas del arte inmaterial, relacional y de archivo. En España, en cambio es visible cómo se vincula la burbuja (y la crisis) de los museos con la burbuja (y la crisis) inmobiliaria. Podemos seguir inventando una clínica del museo, y pasar a hablar ahora de inauguracionitis. Es decir, que resulta infinitamente más fácil encontrar apoyo político y recursos económicos para crear un nuevo centro que para garantizar la continuidad del que ya existe. La lógica de la novedad, la avidez de quien tiene los recursos por darse realidad como noticia produce, en efecto, esa tendencia a dar prioridad a las inauguraciones sobre las continuaciones. Esto es, naturalmente, absolutamente contraproducente en cualquier labor cultural, que siempre y sólo rinde frutos a medio o largo plazo.

 

En tercer lugar tenemos que referirnos a esa tendencia a evaluar la labor de un museo a partir del número de visitantes. Es una suerte de peste numérica que hace caso omiso del significado y las consecuencias de la visita a un museo y simplemente la contabiliza. Consecuencia de una interpretación neoliberal de la cultura, que convierte al museo en una empresa cuya rentabilidad hay que contrastar de forma objetiva, el incremento del número de visitantes conduce a toda clase de perversiones, que desvían la labor del museo de los que deberían ser sus objetivos legítimos ¿Y cuáles son estos? Los que se establezcan a partir de un análisis de las necesidades de una comunidad, a conseguir mediante la creación de una infraestructura y unos servicios articulados con los de las instituciones culturales del entorno. Este planteamiento ideal se debería completar con una garantía de independencia del poder político. Esta independencia es directamente proporcional a su capacidad de autosostenerse económicamente, un objetivo por lo general inalcanzable pero que hay que tomar como tal objetivo. Trabajar a largo plazo, realizar colaboraciones en red, subrayar la dimensión formativa y documental, son tendencias que se oponen a la improvisación, la producción de eventos singulares y puntuales y, en definitiva, a un concepto espectacular del museo que va a ser completamente inviable en el futuro pero que ha sido norma hasta hoy…

 

Frente a una valoración del museo en función del número de quienes han cruzado su puerta parece lógico oponer un análisis de lo que han aprendido y experimentado en la visita. El arte y la cultura deben ser, son, ocasiones de transformación personal. No se trata de cumplir con un ritual de integración social. No es mucho pedir que la visita a un museo nos afecte tanto como la lectura de un libro o el visionado de una película. Y esta es desde luego la responsabilidad de quienes dirigen su marcha: crear las condiciones para que se produzca esa experiencia estética y de conocimiento. Que en “estas soledades enceradas”, como llamaba Valéry a las salas del museo, pueda encontrar el visitante algo que le ayude a vivir mejor su vida.




Publicado el Viernes 18 mayo, 2012

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